humpty_dumpty_tenniel.jpg Una vez que el poder se hace “dueño absoluto de las significaciones”, como soñaba ser Humpty-Dumpty(1), las palabras se convierten en soldados mercenarios y se paga el doble a los que se utiliza mucho. “Igualdad”, “democracia”, “paz”, “deseo”, “imaginación”, “revolución”, “creación”, etc., se convierten en signos manejables al servicio del espectáculo. Así, precisamente gracias a la elasticidad que se ha conseguido del lenguaje, cualquier fantasmón neo-liberal puede hablar de la “flexibilidad” de la vida en el capitalismo. Así también, se puede hablar tranquilamente de “democracia” designando así una organización social en la que nadie tiene una verdadera posibilidad de participación y decisión; o se puede hablar de una “racionalidad económica” refiriéndose a un delirio absoluto, e ilógico, pues no admite réplica. Así, partidos socialistas administran alegremente sistemas capitalistas, partidos “revolucionarios” gobiernan dictatorialmente, llamamos tiempo libre al tiempo vacío, calificamos de “internacionalismo” las aspiraciones expansionistas de cualquier burocracia tiránica debido a que ésta se llama a sí mismo “popular”, bautizamos como intelectuales a bufones mediáticos, etc. El espectáculo tiene muy en cuenta, como Humpty Dumpty, que lo importante es “saber quién manda aquí, eso es todo”.

(1) Esta instrumentalización se consigue mediante la operación que Humpty-Dumpty resumía en el país de las maravillas a Alicia de la siguiente manera: “las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen”. Así, se elimina incluso la misma posibilidad de lo verdadero.

Amador Fernández-Savater, ensayista, investigador y editor. Codirige la revista Archipiélago y la editorial Acuarela, colabora habitualmente en el suplemento cultural del diario El País, el periódico Diagonal y la revista El Viejo Topo. Participa en los movimientos sociales madrileños.