- Vamos, niños, prontito a la cama, que mañana hay que madrugar, que es la vuelta a…

- Al latazo de siempre de clases y deberes y…

- ¡Osquítar, calla esa boca! En vez de ponerte alegre de volver con los compañeros, como se ponen los otros niños… Dile algo a este crío, Juan Manuel.

- Desde luego, hijo, con esos ánimos no vas a volar muy alto en los estudios.

- Bueno.

- Ni en la vida.

- Bueno, pues no vuelo.

- Mamá, y tenemos todavía que preparar los libros, y estuches, y cuadernos.

- Ahí tenéis, Blanca, las dos mochilitas nuevas que os he comprado.

- Sí, además del riñón que me han costao los libros de texto, que cada año parece que recrían.

- Juan Manuel, como le des pie a los niños…

- Ah, aquí está el bisbís, ¡viva!

- ¡Viva! Hola, bisbís.

- ¿Qué pasa, arrapiezos, que estáis así de alborotados?

- Y ¿qué, abuelo?, ¿de tu garbeíto por la bodeguilla con tus 93 a cuestas?

- Ya pagaría yo por saber cómo se hace eso.

- Yo te diré algún secreto de balde, querido sotoyerno. Pero ahora, fuera bromas, algo serio parece que pasa con estos críos.

- Qué estamos preparando el equipaje para la vuelta a la escuela.

- ¿Sí, Blanquita? Ya, ya me hago cargo.

- No te haces, bisbís: a mí me repatea que me espanzurro.

- Ánimo, muchacho: si llaman al frente tararí, valor y pecho afuera: no hay escapatoria.

- ¡Vaya manera de animar a los niños. Como si los llevaran al matadero.

- Ah: tú quieres, Daniela, que vayan a la escuela con alegría.

- Pues claro.

- Como aquellas bandas de obreros del ‘57’, que los levantaban a las 6 y los llevaban a la cantera cantando a bombo y platillo el Himno del Trabajo.

- No sería usted uno de ellos.

- Por los pelos que, me escapé, Juan Manuel

- ¡Basta ya, abuelo! Haz el favor de decirles a estos niños que no van al tajo ni al servicio: que van a estudiar cosas interesantes, a divertirse aprendiendo maravillas.

- Daniela, mujer, ¿cómo voy a decirles esas cosas? Tan poca costumbre tengo de mentir que, si lo intento, me lo notan hasta en las comisuras.

- ¿Qué comisuras? La cara que le echas, que ni con los años.

- Eso no, mamá.

- No le frunzas al bisbís la cara linda.

- Gracias, rapaces. Pero vamos a ver qué hay con esos libros.

- Aquí están: mi pila; y la de Blanca, más alta todavía.

- INTERPRETACIÓN DE LA NATURALEZA. ¡Ay, pobrecita de ella! PISCOLOGfA SOCIAL. Anda, que la pobre Pisque… ECONOMETRÍA POLÍTICA Y DOMESTICA. ¡Uf! Ya me canso.

- Si no has hecho más que empezar.

- Ya, muchacho; pero me basta: ya lo veo; ya lo palpo, con su papel cuché, su plástico de colorines. Y ¿tenéis que llevaros a la escuela esto?

- En las mochilas esas.

- Más de la mitad de la pila cada día.

- ¡Qué bárbaro! Pero, Daniela, Juan Manuel, que se os van a eslomar estos chiquillos.

- Dice la madre que eso lo pone a uno derecho y fuerte.

- Y hasta ayuda a salir las tetas.

- Pero y ¿por qué esa carga? ¿Para qué sirve?

- Hombre, don Lucas, son la Ciencia, la Cultura.

- Ah.

- Ahí está el futuro de estos niños.

- ¿Sí, Daniela?

- Y aunque sólo sea por saber, por aprender cosas; cuantas más, mejor, ¿no? El saber no ocupa lugar dicen.

- Dicen pero es mentira: ocupa mucho, mucho: los saberes abarrotan el entendimiento y no dejan que se piense.

- Sí, eso ya lo notaba yo

- ¡A callar, Blanquita!

- Y pesan, pesan: mirad cómo pesan, que ni fuerzas tengo para levantarlos.

- ¿Verdá que no, bisbís, que no hay derecho, toda esta carga para aburrirnos y que no pensemos?

- Óscar, que te la ganas.

- No, muchacho: ni derecho ni razón.

- Pero, don Lucas, si usted ha sido un hombre culto.

- Sí, lo reconozco, lo confieso: menos mal que me dí cuenta a tiempo y empecé a tirar lastre, a soltar cultura y más cultura; y me sentía cada vez más ligero, y volvía a preguntar, a aprender de veras, hasta ahora mismo.

- Ah, ¿era ése el secreto de la juventud?, ¿que, mientras, se siga preguntado y aprendiendo, no hay miedo de volverse viejo?

- Bueno, querido sotoyerno; pero para eso de aprender hay una condición elemental.

- ¿Cuál?

- La de no saber. Si se llena uno de saberes, no hay nada que hacer.

- Eso. ¡Viva! Mañana ni nos llevamos a cuestas las mochilas.

- ¿Ni tomamos más apuntes de las materias?

- Tampoco.

- ¿Y cuando los exámenes?

- Les decimos que se examinen ellos.

- Y además, que estaremos más ligeros que nadie para que se nos ocurra cualquier cosa.

- Abuelo, como sigas así, voy a tenerte que decir que cambies de domicilio.

- Si lo echas, mamá, nos iremos con él por los caminos.

- Que aprenderemos mucho más que no en la escuela; y lo olvidaremos.
 


Agustín García Calvo