Solaris
“Tender hacia la sencillez supone tender a la profundidad de la vida representada. Pero encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo realmente representado en la imagen finita es una de las metas más arduas en un proceso de creación.”
Andrei Tarkovsky
La novela
Solaris (1961) es uno de los títulos míticos de la ciencia ficción. No es exactamente una obra única entre las de su autor, el polaco Stanislaw Lem (Lvov 1921), pero sí resulta bastante rara en un contexto más amplio. En el género desde luego abundan la terminología científica y las aplicaciones tecnológicas más especulativas. En Solaris, sin embargo, la tecnología va poco más allá de los cohetes espaciales, los helicópteros y los microscopios, pero a cambio hay ciencia real a raudales: experimentos, recogida de datos, hipótesis alternativas expuestas en publicaciones científicas, polémicas estériles entre escuelas rivales, etc. Lem maneja estos ingredientes con un profundo conocimiento de causa (es doctor en medicina y experto matemático) y a la vez con la ironía distante y escéptica característica de toda su producción.
La novela arranca con la llegada del cosmonauta Kris Kelvin a una estación orbital sobre Solaris, planeta situado a miles de años luz de la Tierra que trae de cabeza a nuestros científicos desde que fue descubierto. El océano que lo cubre por entero ha resultado ser un organismo viviente capaz de cierto tipo de actividad psíquica. Las alucinantes transformaciones en la superficie del planeta parecen obedecer a un plan que nadie ha conseguido aún descifrar, a pesar de las minuciosas observaciones y estudios.
Pero eso no es todo. Nada más llegar Kelvin es testigo de extrañas apariciones que afectan a todo el personal de la estación. Pronto aprenderá dolorosamente que son materializaciones de los recuerdos y deseos más íntimos de cada uno de ellos: después de la primera noche se ve obligado a aceptar la compañía de una copia muy real, de carne y huesos, de su mujer, Harey, tal como era cuando se suicidó diez años atrás.
Unos análisis de laboratorio revelan que estos “visitantes” sólo aparentemente son como nosotros: por dentro están hechos de neutrinos. Han sido generados de algún modo por el océano psíquico, pero, ¿por qué?, ¿con qué finalidad ha buceado en las mentes de los humanos y ha sacado de lo más hondo a sus fantasmas? ¿Está intentando comunicarse con ellos? ¿Ha emprendido quizá un experimento, o trata de hacerles daño? En parte, ése es el tema de Solaris, un tema clásico de la ciencia ficción: el contacto con un ser de otros mundo. Y Lem lo aborda advirtiéndonos que puede que ahí afuera haya cosas tan distintas de nosotros que nuestras pobres metáforas ni siquiera lleguen a tocarlas y no podamos entenderlas nunca. Todos los esfuerzos de la llamada solarística puede que sean en vano.
Pero Solaris no es sólo crítica epistemológica, es también una tragedia existencial, la de sus protagonistas. La copia de Harey no es ella misma, pero ha sido modelada a su imagen y semejanza, incluso posee parte de sus recuerdos. La difícil relación de Kelvin con la nueva Harey, y la toma de conciencia de su condición por parte de ésta, llenan de intensidad emocional los últimos capítulos de la novela, hasta su conclusión o falta de conclusión, y la convierten en una historia inolvidable.
“El Enigma Solaris” - Malacandra.
La película
Solaris (1972)
Producción: Mosfilm.
Guión: Andrei Tarkovski, Friedrich Gorenstein, basado en la novela Solaris, de Stanislav Lem.
Dirección de fotografía: Vadim Yussov (Cinemascope, Sovcolor).
Montaje: Ludmila Feganova.
Ayudante de dirección: Mijaíl Romadin.
Dirección artística: Mijáil Romadin.
Música: Eduard Artemiev; J. S. Bach (Preludio Coral en Fa Menor).
Duración original: 168 min.
Estreno: 1972.
Intérpretes: Natalia Bondarchuk (Hari), Donatas Banionis (Chris Kelvin), Yuri Yarvet (Snaut), Anatoli Solonitsyn (Sartorius), Vladislav Dvorjetzski (Burton), Nikolái Grinko (padre de Chris), Sos Sarkissian (Gibarian).
Premios:
Londres: Premio a la mejor película del año (1972).
Cannes: Gran Premio Especial del Jurado; Premio Ecuménico (1972).
San Francisco: Mejor Película; Premio del Jurado Interfilm (1972).
Panamá: Premio a la mejor interpretación femenina (Natalia Bondarchuk) (1973).
Carlovy Vary: Premio de la Asociación Internacional de Cine Clubs (1973).
Stradford: Diploma de Honor (1973).
El hombre, el hombre y la naturaleza, el hombre y el cosmos, lo material tangible y el misterio, he aquí las cuestiones que irrumpen en la pantalla a través de Solaris de este modo: alargadas hojas sumergidas en el agua ondean como amorosos dedos vegetales, verdes en el verde de muerte y nacimiento, incluyendo el dorado de lo irreal, y todo el paisaje -tierra, árboles- lleno de esa humedad propensa a la vida. Un hombre, Kris, lo mira con desolada intensidad: se está despidiendo pues va a partir hacia lo desconocido, un viaje que lo llevará a la estación interplanetaria Solaris. Antes hará un fuego y quemará, dispersará en el aire por el humo, parte de su pasado. - El tiempo, he ahí otra cuestión actualmente replanteada por la teoría de la relatividad de Einstein, la teoría de los agujeros negros de Hawking, la del universo en expansión…. Espacio y tiempo son equivalentes, pues la materia tiene como esencia su propia actividad… Un antiguo astronauta, Berton, acude a ver a Kris para advertirle que en Solaris se ven formas extrañas, pero no son alucinaciones: “No podemos negar lo que no comprendemos”. Kris, todavía acogido por el ámbito paterno, en lugar de contemplación, rechaza lo inexplicable y Berton se aleja por autopistas, puentes, pasos subterráneos y elevados: el máximo avance de la civilización, que se contrapone a aquel punto idílico y anticipa simbólicamente el tránsito que va a producirse poco después: el viaje espacial.
“En cualquier sistema cerrado, el desorden o la entropía siempre aumentan con el tiempo”, escribe Hawking. Y Tarkovski presenta la estación en gran abandono, con objetos no propios del lugar: una pelota de colores rodando, un tintineo de campanillas, el paso fugaz de una adolescente… Nadie recibe a Kris. En el aposento de Snaut, el cibernético, hay alguien más: por un instante, una oreja asoma tras un lienzo blanco. En el laboratorio del científico Sartorius, seres monstruosos. El antropólogo Guibarián acaba de suicidarse, tras dejar una película donde se sigue el discurso de Berton: hay que aceptar la realidad de lo desconocido, valorar la verdad en la vida y con relación a la ciencia; hay que hacer moral la ciencia, pues ésta es un compromiso con la verdad. Los fenómenos que se ven en Solaris no se pueden definir, presentan una apariencia que no desvela su naturaleza: son personajes -”visitantes”- que surgen de la conciencia. Y de pronto, Kris se encuentra ante su mujer, Harey, que se suicidó hace años y es ahora el fruto de una proyección (muere y resucita según la presencia de quien la proyecta), algo irreal. Pero ¿qué es lo real? Solaris es la intersección de lo real y lo irreal, el tiempo tiene allí un carácter peculiar, parece no transcurrir: no hay tránsitos. “Regeneración o eternidad”, dice Snaut, comentando la repetición de ese fenómeno en Harey. Pero, de hecho, hoy la física, a nivel microscópico, demuestra que “la creación y la destrucción es la base de la misma existencia de la materia” (Capra). La cuestión es el conocimiento y el papel de la verdad en él. “La naturaleza -se dice en Solaris- hizo al hombre para que la conociera. La verdad brinda al hombre el conocimiento”. Pero el tiempo… Sobre este tema, Shrödinger apuntó: “Yo diría: todas las mentes son una sola. Me atrevo a considerarla indestructible, ya que tiene una peculiar tabla de tiempos, esto es, para la mente es siempre ahora. No existe, en realidad, el antes y el después para la mente. Sólo existe un ahora que incluye memorias y expectativas”.
Unos cuervos vuelan sobre la nieve y el árbol nevado de un cuadro; un carro con tierra, niños jugando, campesinos, todos ellos en el paisaje helado. Una película donde Kris niño aparece acercándose a un fuego, y su madre, hermosa, distinta. Mientras, él y Harey flotan inmóviles en el aire: son unos minutos de ingravidez, la verdadera escena de amor. Luego Harey, que duda de su realidad, pide ser aniquilada, desaparecen los visitantes, surgen reflexiones: Dios, el sentido de la vida, el deseo de saber, el misterio de la felicidad y de la muerte. Pero es hora de volver a tierra: el agua y las hojas de la imagen inicial y aquel paisaje, pero ahora helado, paralizante; el mismo Kris que, como al principio, lo mira, parece ajeno al movimiento. Llega, sin embargo, a su casa. Junto a la puerta, un fuego. Desde fuera, a través de la ventana, ve en el interior a su padre (sobre su hombro cae la lluvia) y éste lo ve a él y sale a recibirlo. El humo se ensancha y nos aleja: la imagen de la casa, el padre y el hijo son una isla en el océano de Solaris, una masa plateada y sinuosa como un inmenso cerebro.
“A Propósito de Solaris”, por Clara Janés.
Publicado originalmente en Diario 16, el 30.09.1995, pág. 16, en una sección de colaboraciones llamada “Mis películas favoritas”, conmemorando los cien primeros años del cine.


Acabo de ver Solaris, me ha encantado. Una verdadera obra de arte provoca un aluvión de sugerencias, como esta película. Dan ganas de volver a verla…. Os la recomiendo, vereis la magia y su profundidad en movimiento.